Exposición – El Topo y la Anguila

“El Topo y la Anguila”. Diego del Pozo

AMOR. Palabra clave en toda la obra de Diego del Pozo. Amor mayúsculo, el que fluye por ese circuito cerrado de energías que va de los ojos a los ojos, de las manos a las manos, del gesto al gesto, de la caricia a la caricia, del uno, que soy yo, al otro, del que soy espejo y reflejo… ser en uno.

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“El topo y la anguila” es la metáfora, una fábula contemporánea sobre cazadores y presas, sobre héroes y anti-héroes, sobre la robótica de un ecosistema artificial creado únicamente en función de los peores fines lucrativos. La exposición es la puesta en escena de un “cuentito” profundo y desgarrador, situado en la geografía de una pequeña isla universal entre los márgenes de dos ríos. El tema recurrente pasa por la magia de las relaciones humanas intercambiando posibilidades de vida y lucha, y enfrentándose al peligro de ser devoradas por las balas del canibalismo político. Esto ocurre, como era de esperar, en uno de los contextos más propicios que el hombre ha podido inventar, para que la atrocidad y el alejamiento de lo natural, se desarrolle sin límite imaginado: una guerra.

Entre objetivos militares y puntos de mira, respira atrincherada la moraleja que nos enseñan los que se deslizan con sigilo por tierra o por agua. Son el topo y la anguila encontrándose, reconociéndose, para no sucumbir ante las necesidades-mentira impuestas por la política y la economía internacional, necesidades que, sin duda alguna, responden a intereses beneficiosos para unos pocos, para “los más fuertes” de las sociedades ricas y modernas. Sobrevivir, hacer de la vida un intercambio generoso cuando todo lo que nos rodea es hostilidad. Esa es la apuesta del artista.

La instalación habla de la realidad indigna de un “sálvese quien pueda” cuando más cruda se torna la batalla, pero también, como no podría ser de otra forma, y siguiendo la dinámica que alimenta toda su obra, es de amor de lo que verdaderamente está hablando. Amar como antídoto al mal venenoso de la codicia, como cura y salvación para el hombre convertido en destructor de sí mismo. Así, reflexiona a cerca del intercambio altruista entre seres humanos, incluso y sobre todo, en momentos de extrema dificultad. La mejor estrategia para ello es crear lo que llama “cadenas de producción de afectos” para que el éxito, para que el ganador de la carrera de fondo o de velocidad que es nuestro día a día, sea lo emocional. El sentimiento más limpio, puro y duro subiendo a lo más alto del podium.
La retórica de la historia, un lenguaje que mezcla entre las líneas de su discurso, términos protagonistas de la sección de negocios de cualquier periódico del mundo, con los conceptos más repetidos en los poemarios y novelas de cualquier escritor rendido al mundo de lo sensitivo. Gracias a este perfecto sortilegio, la relación entre economía y afecto vuela a sus anchas por la sala del ECAT, de una a otra de las proyecciones que forman la video- instalación, y de ahí a los dibujos, mapas y esquemas que cuelgan de las paredes laterales.
Una de las pantallas, la más pequeña, parlotea sin cesar, majestuosamente estática, y a ritmo de voz en off, toda una serie de imágenes mudas cuya sucesión se expresa por sí misma: Competiciones deportivas entre trajes y corbatas cuchicheantes nos hablan de la derrota, el grito, el éxito de las banderas, de sonrisas que sudan hipocresía y grasa adinerada, sueños salidos de los bolsillos interiores de americanas de diseño, todas iguales, eso sí, niños rezando a un dios inventado por sus mayores, armas de destrucción masiva bien a la vista, padres occidentales que tapan los ojos de sus hijos delante de los noticiarios en la sobremesa, cuerpos perfectos examinados por el “doctor triunfo”… Y todo ello, en magnífico contrapunto con lo que sucede en la pantalla grande, al fondo, a poca distancia: Anti-héroes y héroes. La medalla, todo dispuesto según una iconografía poblada de aquellos dispuestos a la carrera. De fondo, gráficos que nos hablan de varemos, tablas y progresiones de ascendencia y caída en picado de la economía mundial.
Nuevos iconos para una nueva sacralidad, en templos construidos meticulosamente con monedas de oro. Pero la voz que nos cuenta la historia lo inunda todo, deliciosamente machacona, insistiendo en otro relato, el verdadero, el del trueque voluntario y furtivo, a falta de luz sana, que da la clave para una salvación que nada tiene que ver con lo divino, por muy bendita que ésta sea. La salvación única está en la fe ciega y la seguridad plena en el vínculo de confianza creado entre los seres capaces de intercambiar, entre este topo y aquella anguila. No dudar de esto, conduce a la salvación, sin duda.

Los dibujos laterales, la serie “Cadena de afectos” y la serie “Islas” se mezclan con mapas emocionales en una nomenclatura de búsqueda de lo sensitivo, del tacto, de la transmisión de lo humano desde lo humano. Te beso, te arropo, te adorno, te curo, te sonrío… frases bien sencillas que contienen la substancia de la que se compone toda la obra de Diego del Pozo.

Echemos un vistazo a su trayectoria. “Ciberlovers Conversation”, uno de sus videos de 2008, nos hace tener una perspectiva más clara y amplia de lo expuesto en líneas anteriores. “Se trata de sentir”, dice, pero sentir desde posiciones menos obvias, aprender nuevas formas de sentir al otro y a uno mismo. “No nos tocamos… te acaricio con mis ojos”. Es más, si miramos otros trabajos, vemos que esa cadena de producción de afectos de la que habla en la video-instalación de ECAT, está elaborada de algo aún más universal, si es que hay algo más común que la necesidad de amar y ser amado. Esa necesidad tiene un parentesco de cercanía absoluta con el sentimiento más profundo de soledad. Amor y soledad. Dos de los temas que mas se repiten en la historia de la psicología humana desde que el hombre es hombre.
“Pieza para orgía y fábrica”, también de principios de dos mil es un buen ejemplo de esto, aunque cualquier pieza del artista está teñida de esa melancolía, de ese anhelo. Para muestra, juguemos a “Cuatro amantes/ Cuatro Inversiones” (2003), una propuesta en la que podemos poner a prueba las relaciones de placer y deseo, las distancias que nos separaran de ambos conceptos, las que nos acercan. Podemos jugar a cuán triste puede resultar mercantilizar nuestras emociones, mientras suenan las canciones más melancólicas de la historia, elegidas por un listado de personas proyectado en la pared. Y si nos cansamos de este juego de mesa, podemos continuar con otro guiño sonoro, y plantearnos “Desear amar a otro”, una instalación de 2001 en la que el espectador mismo acciona el mecanismo de dos cajas de música, y pone así en marcha, toda una reflexión a cerca del amor como una quimera alrededor de la que el ser humano no deja de dar vueltas. Un ritmo circular de frustración y dolor al que volvemos con demasiada frecuencia. O quizá podemos cambiar la fisionomía de nuestro amado como en “Los cambios de tu rostro”, vídeo de 2006, cambios que quieren cumplir las expectativas de un amor imaginado queriendo ser carne y hueso…
Sea con la forma que quiera, en todo su trabajo es una constante el manejo de emociones encadenadas. Éstas nos llevan de una a otra de sus obras en un tono de susurro y media luz, que propicia el encuentro íntimo y el intercambio de secretos emocionales de espectador a artista y viceversa.

Imágenes de deseos y deseo proyectado. Mientras las bombas silban sobre sus cabezas, “El topo y la anguila… intercambiaban medicinas, alimentos, libros, correo, investigaciones y proyectos, según las necesidades de cada orilla… a veces hacían el amor, no sólo lo hacían por placer, era un acto impulsivo”
“Querer es un viaje violento hacia lo real” se escucha en algún momento en alguna de sus obras, sentencia fulminante ante la que me parece que hay poco o nada que decir.