Exposición – Cal y Canto

Cal y Canto

Colectivo Batbirulau. “Cal y Canto”

Batbirulau es un colectivo formado por cinco artistas licenciados en Bellas Artes que se encuentran en 2007, momento desde el que han combinado sus ideas individuales al servicio de una común. Así, su taller está consagrado al trabajo en equipo, y de él surgen acciones, intervenciones y perfomances en las que el arte, una vez más, se dispone a ofrecer su más sorpresivo traje con el objetivo de difundir aquello que tenga la necesidad de expresarse por medio de la imaginación creadora.

El colectivo nos regala una importante dosis de poesía y creatividad en “Cal y Canto”, nombre de la exposición que tiene lugar en el ECAT de Toledo. Y se agradece, como también es de agradecer la velada evidencia de teatralidad que difumina las barreras existentes entre disciplinas y manifestaciones artísticas. Efectismo y contención de la respiración antes de que se abra el telón, cualquier telón. El secreto está bien guardado dispuesto a hacerse presente en cuanto la acción se ponga en marcha.

El Colectivo Batbirulao lleva a ECAT una perfomance que tiene mucho que ver con esto, y la huella de la acción inaugural quedará el tiempo restante de la exposición como un “alguien ha estado aquí”, conmovedor e inquietante.

El trabajo que presentan está muy vinculado a sus trabajos anteriores en muchos aspectos. Por ejemplo, el hecho de que el colectivo, además de estar muy vinculado al trabajo en la calle, está también muy cerca de una sensibilidad que acerca sus obras a las artes escénicas. La música, la ópera, están muy presentes, ya sea en plena calle o en la sala de exposiciones, en instalaciones e intervenciones dueñas de notables registros escenográficos.

En “Son- Sonata” de 2008, convertían la calle en una improvisada sala de conciertos. Una mujer lograba la magia de convertir unos escalones en un piano de pétreas teclas blancas y negras, arrancando de ellos el vuelo de la música que todo lo invadía. Ópera mediante y una labor de plancha abandonada, eran los ingredientes básicos de “Entre Acto” también del 2008, instalación ante la que el espectador tenía la libre obligación de imaginar su historia particular a partir de la situación sugerida.
Y ese sugerir, al que volveremos en breve hablando de “Cal y Canto”, está en el trabajo del colectivo como un hilo conductor mágico, que hace que sus obras se vean acabadas por la imaginación de quien las recorre. Y esto también es de agradecer.

Hablamos por ejemplo de “¿Y en tu ventana?” de 2008, y del entre-ver que nos deja un amplio espacio para inventar el desenlace de las historias que el colectivo plantea. En este caso, mezclan la vida privada con la pública, un cóctel que en “Cal y Canto” parece que tiene una importancia capital, al menos si, como vamos a ver, lo que se hace de puertas a dentro de un hogar está muy determinado con el transcurso de la vida de puertas a fuera. Intimidad intimidada por supuestas presiones, perfectamente regladas por costumbres sociales de dudoso gusto. De eso hablamos.

España Negra, la profunda, la de Zuloaga y Darío de Regoyos, la de posguerra, la rural, la de la pobreza de la gran urbe, la de la dictadura, la del golpe de pecho, la de la vela por los muertos y los muertos por el miedo en vida. Por aquí podríamos empezar para comentar la obra que Batbirulao presenta en ECAT. Empezaríamos y sería largo de contar, así que confío que el breve apunte, y con la retina impregnada de obras como “La visita del obispo” (1926) del maestro Gutiérrez Solana, quede bien firme como contexto a “Cal y Canto”, hermosa de forma, triste y de melancolía honda en su fondo.

Una mujer extiende su velo negro de pena por toda la sala. Negro de luto, de duelo, de tierra encima de la vida. Su falda infinita cubre lo sentido, un grito que sin voz, va dibujando silenciosa en el suelo. El dibujo, que es un susurro breve y apresurado,- quizá por miedo a ser oído por oídos inconvenientes-, es borrado de inmediato por sus rodillas que se arrastran avanzando hacia ninguna parte, sólo avanzan. En su pecho una cámara instalada reproduce al fondo de la sala lo que está ocurriendo, cómo su mano derecha está dibujando lo fugaz de la historia de toda una vida, y cómo ese dibujo va despareciendo.
El secreto escondido bajo la gran falda que viste la artista es desvelado por la tecnología, que puesta al servicio del cuento de una historia vieja, es la demostración fiable de que de ella, aún quedan lamentables residuos. Los cables bajo el vestido, ocultos, hacen posible el desarrollo de la acción, y también son parte, de alguna manera, del secreto. Conocedores de su existencia, nos hacen imaginar la obra desde un mirar atento a una extraña muñeca antigua, que esconde a drede un disfraz de modernidad gracias al que su mensaje sonará más alto.

“Cal y Canto” es la historia de nuestras abuelas, la de sacar brillo impoluto a los suelos ajenos, y también a los propios. Rodillas orantes armadas, con toda la fe del mundo puesta en un cepillo de raíces, un poco de jabón y agua.
Y el negro siempre presente, símbolo eterno de desesperada pena, tan presente como convencional. La pena se lleva por fuera. La pena por la muerte de un ser querido, o al menos cercano es la misma que cubría los armarios de las mujeres, y las vestía de negro de por vida. La casa se teñía de la negra vida del duelo. El día a día de tristeza, y de apariencias.
Aparentar. Verbo usado hasta la saciedad en cualquier literatura que hable de nuestro pasado más inmediato, y que envuelto de un alo beato, de yugo eclesiástico y justicia divina, dirigía sin contemplación alguna el transcurso vital de generaciones anteriores.

El luto, pues. Demostración pública de sufrimiento, de muerte, de pérdida. Más bien exhibición pública, digo. La casa fuera de la casa. El pueblo entra en el saloncito donde los relojes se pararon, la tele se cubre con un paño, negro, claro, -de los otros hablamos ahora-, la radio se quedó muda. La vida ya no importa. A la abuela nada le importa ya salvo la espera del final de su vida. Tan oscuro y perverso, como real el sentimiento impuesto por presión social. Famoso es el “¡silencio, he dicho!” que ponía Lorca en boca de Bernarda Alba.

En la sala del ECAT, la proyección en pantalla no es el único recuerdo de la acción llevada a cabo el día de la inauguración. Toda la estancia está rodeada de ganchillos y volantes, recuerdo también de aquella falda arcano. Puntillas que visten la sala de la memoria de una labor silenciosa y paciente.

A esta labor silenciosa dedicaban nuestras abuelas su tiempo de espera. Pañitos blancos impolutos, hilos anudados con la maestría de unas manos trabajadas por la vida, cubrían y acicalaban la negrura de una casa cerrada a “cal y canto” a la alegría de la vida. Labor de silencio y de supuesta meditación sobre un blanco que significaba un punto de luz entre tanta espesa oscuridad.

“Estar de luto: Observar durante algún tiempo los rigores de comportamiento y atuendo que son tradicionales tras la muerte de un pariente o un ser querido”. Con la definición no se puede decir más. Observar, comportamiento, atuendo… La verdadera expresión de un sentimiento, queda empañada por un fondo de plañideras que, no olvidemos y por si fuera poco, en muchas ocasiones lloraban a sueldo.

Tradición y modernidad en el sentido más profundo. Quizá ese luto ya no sea tan riguroso pero, el mundo de la apariencia sigue siendo un importante motor en la sociedad de la que habla el arte de nuestro tiempo. La radio, la televisión siguen sonando bajitas cuando la tristeza llama a nuestras puertas. Lo que somos realmente queda tras una máscara que nos construimos con los ojos de lo social, esa que los demás miran.

La tragedia de nuestras abuelas era la soledad del no anonimato. Nuestra tragedia es el anonimato entre las soledades que habitan las grandes sociedades que tan torpes y frágiles construimos.
Manuela Barrero