Exposición – Don de Babel

“Don-de Babel”. Así nombra José Luís Luzardo su reflexión a cerca de la existencia humana, el origen. Ese es el nombre elegido para un laberinto ideológico cuya antropología, preñada de versos puros en su más encabalgada dureza, nos estalla en la cara.

La exposición es un babel perfecto del pensamiento del artista al que, por otro lado, sospecho poco confuso y bien seguro de su discurso. Y esto, a pesar de que, por las características propias del medio de comunicación que usamos los humanos, éste nos llegue a medias. No lo digo yo, claro está, es una afirmación del propio artista que está bien presente en toda su obra. Las palabras nos separan irremediablemente de los pensamientos, crean cercanías comunicativas tan frágiles como difusas, débiles, manipulables.

Confusión, manipulación. Dos palabras tan presentes en ECAT que, a pesar de lo dicho más arriba, sí que nos traen claramente la idea de lo que el artista quiere contar, evocándonos un universo plagado de significados, significantes, pensamientos adyacentes, realidades tan tangentes y tangibles que el esfuerzo por comprender “Don-de Babel” es mínimo.
Así, nos enfrentamos al reto de explicarnos los significados de una gran torre que guarda silencio, paciente, sin voz pero con palabra, y que espera a ser descifrada por los ojos observantes que pasean entorno suyo. Majestuosa, casi es un monumento denuncia. Nos enfrentamos a África. Realidad dolorosa, cercana y olvidada por el entero mundo.

África pues, elevada sobre el símbolo de una torre muda donde, literalmente, la luz le da la palabra. Textos iluminados que nos hablan de pobreza, enfermedades, de poder. Eso es “Don de-Babel”, una gran pirámide representativa de poder, dueña de una ancha base que aguanta una delgada y pesada cima. Porque de poder habla el artista en su obra, en esta y en otras que también están en la exposición.

En “Límites en Tránsito”, en el “Extremo del mundo”, “El muro alto”, y otros trabajos en los que se centra desde dos mil tres, el poder, ese que mueve ejércitos, que mueve montañas, incluso el que para algunos es de un irresistible atractivo capaz de mover lo peor que hay dentro del ser humano, es motivo y eje de creación.

En el discurso del artista existen numerosos frentes abiertos, temas terriblemente conectados. Sexo, religión, pandemia, muerte a mansalva de lenguas, dialectos y sus afluentes, colonización de pueblos y culturas por mentalidades y mercaderes extranjeros. Estos por citar alguno y no extendernos en la complejidad de una tela en la que se entreteje la problemática de los que están dentro del límite geográfico, los que están fuera, los exiliados dentro, los sin papeles fuera. Complejo es el discurso como fácil la horrible explicación,- horrible por real- , de todo su trabajo. Basta echar un vistazo a cualquier periódico para recibir una información, por supuesto parcial y seleccionada de lo que ocurre en África. El resto lo imaginamos.

La torre africana se tambalea a medida que sobre ella se construyen otras que le son ajenas, las impostoras. Ya la de Babel, la bíblica, se situaba en algún punto del “salvaje” continente, una leyenda, permítaseme la herejía, de la que no hay ni rastro paralelo en la cultura del país entero. Un invento cristiano, pues, en tierra de nadie para comenzar la historia. Nadie reclamará seguro, y si se reclama, pocos son los oídos que atenderán a tamaña invasión, por lo menos emocional, de mitologías inventadas en territorios de nadie. Luzardo habla de la colonización de los pueblos por medio de un lenguaje impuesto, y de la muerte silenciosa de un mundo entero cuando una lengua desaparece. Las desaparecidas en el continente africano son innumerables. De nuevo el poder, que a veces se impone con una violencia tan sigilosa y sibilina que da miedo.

En “Límites en tránsito”, obra precedente muy cercana a “Don-de Babel”, habla de un “no pacto” pactado entre fuertes y débiles, de los que alimentan su poder de la debilidad de los otros. Y en medio de esa espiral medio luminosa que es la instalación, de nuevo, el sexo, la erótica del poder, los límites, lo que se ve y lo invisible, la frontera. El SIDA castigando a la población africana sin medida, la postura de la religión con respecto al uso de preservativos, superpoblación, prostitución…¿Donde están las fronteras? Desde luego son cambiantes. De ahí, la luz negra y blanca que va definiendo y haciendo desaparecer las piezas de la obra, y que no es más que esa línea difusa, propia de una realidad múltiple.
El artista se reserva el uso del color cuando plantea límites bien marcados, cuando las fronteras están más o menos definidas, en obras como “Extremo del Mundo” o “Border”. Fronteras geográficas, claro, porque el interior del continente está poblado por un maremagnum de colores que quizá refleja la riqueza y la variedad del continente en mas de un sentido, etnias, culturas, lenguas…

Dildos de colores, moldes de preservativos en blanco, en negro… Cada instalación está concebida con un trasfondo fálico, que habla de diversidad en todos los sentidos. El de pensamiento, diría yo, como uno de los más importantes. Por ejemplo, “Señas de Identidad”, ojos que miran a occidente, llorosos, preguntones, alineados como si de un juego de bolos se tratase, esperando a ser derivados por la fuerza diestra de los intereses cambiantes que rigen el mundo. Expolio es la palabra que provoca. Y obscenidad, y no precisamente por el objeto usado en cada pieza. Parece que lo obsceno proviene más del robo alevoso que, desde los países del llamado mundo desarrollado, se hace de cualquier recurso valioso del que África es dueña legítima.

Así, “Límites en tránsito” abre la exposición a los pies de la gran nave, preparando para lo que viene después, es una alfombra de belleza circular intermitente, móvil, tiene la dinámica de lo cambiante, del preludio, de lo que calienta a los sentidos para lo que va a venir a continuación. Después las paredes, el discurso “en cuadro”, el “Muro Alto”, dildos giratorios llenos de mensajes tan estáticos como contundentes. Y antes del gran tótem, un pequeño libro de páginas invisibles y punzantes, “La caja blanca”, blanco y clavos. Nada que decir, habla por sí sólo al final de un recorrido longitudinal, que culmina en otro ascendente, el de la gran torre, “Don-de Babel”.

En toda la sala ni una palabra dicha, silencio tan rotundo como atronador, espacio lleno de voces quietas. Parece que el artista quiere que el sentido de lo expuesto no se disperse por el camino del lenguaje hablado, y prefiere el peso de lo no dicho para aligerar la comprensión de lo que se lee en silencio, sin interferencias sonoras.

Mucho es ya lo que evoca la palabra pensada incluso antes de su expresión, demasiadas referencias, demasiados significados interfiriendo. Leyendo a otros que hablan de la obra de Luzardo me doy cuenta que además de las que yo podría traer hasta aquí, las citas son inagotables. De las evocaciones obvias a las más complejas. Babel, la confusión en su sentido más bíblico, más aplastante, quizá el menos interesante, por obvio, pero en el contexto en el que trabaja el artista, no menos que clave y oportuno. Babel, en lengua babilónica, “puerta de dios”. El dios al que aquí nos dirigimos es al que se mueve entre la paradoja y el pecado… dildos, contraconcepción. Hay que elegir entre enfermedad mortal de transmisión sexual o vida eterna. A la iglesia católica no le tiembla el pulso, la respuesta es clara. Luzardo también habla de ello, como de otro significado, “castigo de Jehová”… África castigada, de eso no cabe la menor duda, sólo falta dilucidar si es castigo divino o humano. Parece que más bien lo segundo.

A pesar de la complejidad conceptual de cada pieza, el argumento del artista no se pierde en babélicos laberintos. Una realidad terrible e injusta es la que se presenta en la sala del ECAT. Un vez más, el arte denuncia, se mezcla en los asuntos de lo real con el objeto de mover conciencias, usando la afilada espada de la belleza de una idea como arma única.