Exposición – Fosa Común

Tom Lavin y Günter Schwaiger: “Fosa Común”.

Tierra. Polvo eres y en polvo te convertirás. Ceniza humana reunida en incómodas sepulturas que, politizadas, hacen bien molesto el tránsito hacia el más allí. Esto, y un suelo macabramente sembrado por el entierro furtivo de miles de víctimas de la represión franquista. Un trozo de la historia más triste de nuestro país, es la propuesta de Tom Lavin y Günter Schwaiger para el ECAT de Toledo, REFLEXIÓN a cerca del proceso psicológico de una sociedad que aún vive las consecuencias de una traumática guerra civil.

más presentes que nunca, este trabajo habla de los que ya no están. Habla de los desaparecidos durante la dictadura española, semillas anÁnimas, eso sé republicanas, que años mas tarde siguen en lucha batallando para que la verdad vea por fin la luz. Quien siembra tormentas recoge tempestades, al menos eso reza el dicho. Y la verdad, a luz plena, desvela una gran hipocresía POLÍTICA y social, la de hace años, la de no hace tanto y la de hoy mismo.
Pero para ir por orden, “Fosa Común” es el nombre que recibií la exposició que la colaboración Lavin-Schwaiger realizó en Toledo. Un entierro oficial en ansiado y bendito suelo, llantos casi a destiempo por las almas asesinadas y, por fin, flores que señalan una tumba en perfecta ceremonia de indignación y culto a la memoria. ésta imagen, que bien podRía ser prólogo y epílogo de la exposició, es el comienzo de “Santa Cruz, por ejemplo?” (2005), el documental que se proyectó en ECAT y en el que Schwaiger recogía la exhumación de una de estas fosas, por llamar de algún modo a los entierros encubiertos de cientos de republicanos asesinados, por orden y gracia del general Franco, tras el golpe de estado y alzamiento de la ley del silencio en España. El objetivo de entonces, limpieza del color rojo en un país teñido y robado por una oscura escala de grises. En la pantalla, la memoria de Santa Cruz de Salcedo, un pueblito de Burgos que sirve como ejemplo de un triste suceso que se repite a lo largo y ancho de todo suelo Español.
La evidencia a la luz del día, toma la forma de un desorden de huesos emergiendo de una tierra que le es ajena, una verdad dolorosa y extraña, todo un manual de emociones retroactivas para los familiares que asisten al descubrimiento de los cuerpos de sus padres, hermanos, abuelos, todos víctimas de criminales procedimientos. El documental recoge el desentierro, el despertar de un recuerdo anestesiado por una pildorita histórica, que en su transcurrir y en términos de equidad, tiene un buscado efecto secundario sobre esa memoria que aquí, se revuelve en las arenas movedizas de intereses más Políticos que justos.
Y en el film, el oscuro secreto revelado, un secreto-mentira, porque del escalofrío que produce escuchar “lo sabía todo el pueblo”, no nos salva nadie. Lo que sé es cierto es que sobre él, y durante décadas, se echó tierra suficiente como para callar las voces de los fusilados a traición por defender una idea POLÍTICA determinada, o lo que no sé si es peor, por ser sospechosos de hacerlo. O peor aún, y continúa el escalofrío, por estrategias que nada tienen que ver con la ideología. El herrero fue denunciado por otro herrero, dicen los que hablan a cámara. Dos pájaros de un tiro, un rojo menos, más negocio, algo que no es de extrañar en esta España Negra nuestra, rural, perdida en el laberinto de analfabetismo fascista que aleccionaba a toda Europa por esos años, deprimida?
Los delatados por esos que comulgaban, además de con Dios todopoderoso cada domingo, con las ideas dictatoriales del régimen triunfante, son fusilados en las lindes de sus casas, en los campos que muy probablemente trabajaban con sus manos día a día. Pues es la voz de esos, la que se escucha años más tarde, pasados los vientos del silencio impuesto, gracias a los estremecedores testimonios de nombres y apellidos que nos cuentan la obscena impunidad con que las víctimas eran transportadas hacia la muerte dentro aquella “matona”, torpe camioneta que rodaba directa hacia el paredón.
Menudo espectáculo. Generaciones posteriores, hijos y nietos de esos mismos que denunciaron a las víctimas y viceversa, dan su opinión a cerca del suceso. Ironías de la vida que nos llevan a meditar a cerca del papel que juega en todo esto el que mira. Sin duda está siendo testigo. Schwaiger recoge cuidadosamente la mirada de unos ojos jueces que, inevitablemente quieran o no, están implicados en un trozo de historia. Esos ojos se convierten en jueces emocionales, Políticos, cuyos veredictos están relacionados con una cuestión de distancia respecto al acontecimiento Histórico, y una distancia determinada por parentesco y posición estamental. Y vuelvo a lo espeluznante: “Pregunta más un burro que contesta un filósofo”, así zanja la cuestión el cura del pueblo cuando Schwaiger le pide su opinión a cerca del tema. La iglesia calla, los gobiernos callan. Curiosa la magia del arte. Si pensamos que ECAT era una antigua capilla, los contextos en los que aparece el Señor son inescrutables.

Al documental se suma la video-instalación de Tom Lavin. Complementándose, se ayudan en un discurso que retumba contra las paredes de la sala de exposició. En la intervención de Lavin, una vez más, el público es un elemento esencial, clave para nuestro análisis. Como ocurre en el trabajo de Schwaiger, en el suyo el que asiste a su intervención, además de ser testigo y juez, se convierte en parte activa del evento que se produjo el día de la inauguración de la muestra.
Lavin recoge tierra de la fosa de Santa Cruz, la lleva a la sala de exposició – realmente los sacos cerrados esperando a ser abiertos producen un sobrecogimiento bien justificado- y dibuja con ella, en el suelo, el mapa de España. Pone tierra polémica sobre cemento. Lo que hay debajo del dibujo es baldosa inerte, no hay profundidad, no hay grietas que permitan que esa tierra cale sobre otra tierra? Después, la piel se eriza cuando el artista invita al público que asiste a la acción, a caminar sobre el mapa de tumba silenciosa y clandestina, en la que ni un “descanse en paz” que enclave al traicionado en algún lugar del mundo, ni flores, ni adornos, ni llantos aunque sean plañideros, la libera de la vergüenza de ser el producto de la estupidez de la guerra.
El público pisa, y el paseo de los ocasionales transeúntes difumina los contornos del mapa, los límites se desdibujan. Los pies borran. Los recuerdos se hacen invisibles como por arte de historia. La memoria de lo justo y lo injusto desaparece.
Junto al de arena, otro mapa del país donde se marca, o mejor, donde se denuncia la existencia de cientos de fosas comunes localizadas en todo el territorio y que aún no han sido dotadas de luz exterior. Un mapa emocional, que sitúa en el mundo una protesta, un mapa bofetada que quiere despertar conciencias amparadas en la protección de unas leyes que no siempre se cumplen. Y es que en la exposició brilla bien presente la declaración de la ONU donde se exige a los países castigados con este tipo de sucesos, que reconozcan la existencia de sus propias atrocidades. De nuevo silencio.?De lo que no se habla, no existe?
Listados de denuncia hechos por los propios vecinos y entregados a los fascistas, una cobardía de la que no hay registros ni informes. No hay censo oficial de desaparecidos. En la exposició lo que si existe son los retratos de más de cuatrocientos asesinados que desde monitores colocados en la sala, son presencias sólidas, la afirmación de duras ausencias cuyos rostros forman parte de esta especie de triste juego-juicio. PareceRía que nos preguntan donde está el lugar que van a ocupar, ahora que conocemos cuál fue su destino. La Asociación para la Recuperación de la Memoria histórica que se crea en el año 2000 les apoya firmemente. Un pequeño alivio.
“Fosa Común” es un relato de violencia sobre la vida y violencia sobre los muertos. El escenario, el Pais-de-Bajo-Tierra, una región habitada por bocas amordazadas que forman parte de la identidad definitoria de género humano. Animal herido por sus propias armas, letal en tiempos de guerra, perdido en tiempos de paz, víctima y verdugo.