Exposicion – Marchito

Miguel Ángel Fernández. “Marchito”.

Su lienzo, su pared. Y contra ella, crear en soledad vida pintada, pintar una naturaleza muerta. Vivir y morir, y entre medias un marchitarse, una suma de días que restan vida, una suma de alientos que menguan minutos hasta el último suspiro.

“Marchito” es la consecuencia pensada por un francotirador artista que dispara catarsis pura y dura. Pintura a discreción, pintura de munición estrellada, que no cósmica, sino de la que golpea y estalla Belleza contra la pared del ECAT. Un acto de violencia que produce beldad desde el momento mismo de su concepción en el papel. Y es que la obra de Miguel Ángel Fernández es eso, un acto, una acción llevada a cabo con furtiva alevosía planeada casi por un fantasma, que crea a solas, siendo su acción no un medio para un objetivo final, sino parte exacta y esencial de lo que más tarde el espectador mirará con ojos nuevos.
A solas, como digo, se reúne con su proyecto en la sala, y comienza a preparar lo necesario para purificarse de esa idea cocinada en lo más recóndito de su sistema creativo. El exorcismo de una emoción empujada al exterior a fuerza de pintura literaria, arte de acción y un punto de mira fijo sobre una pared que va a ser depositaria de una forma, que de por sé ya tiene un bello contenido. Este es el modo de actuar de este artista invisible, el modus operandi con el que sella sus lienzos. En “Marchito” como en otras de sus intervenciones, el espectador que entra en la sala de exposició se encuentra con los restos de un suceso, se topa de bruces con indicios suficientes para reconstruir lo que ha pasado en su ausencia. Se enfrenta no con el resultado, sino con los restos del naufragio. Todo un enigma a resolver. Huellas del “crimen” político dispersas por todo el escenario expositivo, rastro rompecabezas en el que una vez encajadas todas las piezas, se descubre un maravilloso mural. Una flor se ha marchitado sobre la pared antes de gozar de la vida: Esa es la víctima.
Casquillos de pintura y pequeñas botellitas de oxígeno dispersas en el suelo, nos hablan de un artista situado a justa distancia de su objetivo, apostado, ojo certero en el punto de mira de un arma que ha desaparecido de escena: Un rifle de aire comprimido, intuido que no presente, disparó una marea de pétalos marchitos deslizantes, escurriendo por una pared blanca.
Un par de principios más son el tema del retablo que se sitúa en la gran pared curva: El primero, y de casualidad, un principio de causalidad, y el segundo, uno de incertidumbre, el de acierto-error. Dos pautas clave para un tAhír experto en naipes marcados por el libre albedrío del material que usa sobre la superficie elegida. Caiga donde caiga, ese será su sitio.
Para “Marchito” parte de un preciso boceto en papel milimetrado donde dibuja las flores que, Después, serán cosidas a punto de inofensiva bala sobre el muro. Encaja el dibujo en un sistema cuadricular sobre el que señala el centro, objetivo que se teñirá de pintura en la retícula gemela dibujada sobre el estuco blanco. Esto, si el disparo es certero y un mal pulso o el azar no lo desvía. Cruza dedos y se hace una promesa: “nunca efectuar dos disparos para la misma diana”. sólo se permite una oportunidad para el acierto. Del error también se aprende, del error también nace la hermosura imperfecta de una grieta abierta a base de metralla ordenada de izquierda a derecha, que chorrea, se escurre, se desliza gravitatoria pared-cuesta abajo.

Y más flores, éstas rosas acotadas, delimitadas en su serie de dibujos “recreación”. De nuevo la fragilidad entre tangencias, para hablar de cómo el hombre intenta la absurdez de intervenir plenamente en asuntos que sólo competen a la madre naturaleza. ésta sigue, ajena, su discurso imparable. El hombre nace, crece, se reproduce, y lo demás, ya lo sabemos, es una de las primeras lecciones que recibimos de niños.
La obra de Miguel Ángel, para mi gusto y muy al contrario de lo que podRía parecer, está llena de un aliento vital conmovedor. Habla de la vida que se extingue, pero también es capaz de celebrar cada minuto extinguido.?Que es si no “Sombras”? En esta acción de nuevo se enfrenta a la pared, el artista contra un muro blanco que se dispone a recibir, y nunca mejor dicho, un soplo insuflador de vida creativa. Mejor, más de diez mil soplos de aliento de artista, que es el material principal del que está hecha esta acción-mural. Tantos, como días de vida tenía en el momento de realizar la acción, festejando ese su respirar cotidiano. Su respiración convertida en pompas de jabón teñidas de tinta negra. Es la forma con la que escribiá su autobiografía, hecha de aire, concentración y silencio. De nuevo la catarsis, y de nuevo un aroma a tristeza existencial de grado oscilante, entre restos de aliento vital, soplos jabonosos y lágrimas negras cayendo a portazos contra el suelo. Lo que queda en el muro, un horizonte en degradación de grises que una vez más son la huella,- como en “Marchito”-, de una ausencia anunciada.

Mas de diez mil días, veintinueve años, veintinueve velas congeladas pendiendo de una pared, derritiéndose lentamente, creando ríos verticales que desembocan en el océano-suelo de la sala de exposición. El color, el blanco y negro para otro vestigio de su existencia, éste corriendo loco pared abajo, hacia el charco reflectante-espejo de la mancha generada,- una vez más gracias al amigo azar-, al final del muro. La mancha y su reflejo, casi parecen el resultado de un test pseudo-psicológico, donde positivos y negativos de formas casuales, son la CONCLUSIÓN final de un proceso que partiá de una forma bien hecha: de unas especiales velas sacadas del refrigerador de los años cumplidos, convirtiéndose en un transcurso de vida discurriendo. años derretidos por el calor de la vida, abren grietas en la pared hasta finalizar su ciclo. Y el espectador, si es paciente, asiste al proceso dueño del tiempo de espera en que el milagro se produce. Eres cera y en senda de tinta vivida te conviertes. “Cirios”, se llamó esta acción.
“Y la noche alumbraba la noche” dice el maestro Roland Barthes. Si tengo que elegir, como él, también me quedo con la claridad sobre lo negro, y hago que el concepto de mutación luche contra el concepto lánguido de lo marchito. No quiero ver muerte en la obra de Miguel Ángel Fernández, prefiero pensar en una transformación de lo vivo avanzando hacia una insurrección definitiva, que venza a la noche más oscura del alma mortal. “Marchito” o el elogio de la fragilidad de la existencia. Es cierto como verdad es la vida, un manojo de flores reunidas para marchitarse solas o en compañía. Lo hemos visto veces infinitas, lo que tiene una efímera duración, eternizado por el pincel de casi todos los maestros artistas, en un desesperado “carpe diem” o todo lo contrario. Lo vivo, la muerte, la suma de los días, la resta de las horas extinguidas, de los segundos robados a un minutero inexplicable. Una imagen vieja de historia. Naturalezas muertas que el arte hace vivas.